La hora más oscura

Relato creado por @manodemitril. Esta vez no consiste en continuar su historia, sino nominando a otro autor, elegir uno de los personajes que nos ofrece de una lista, y cado uno escribe una versión del personaje, uno siendo malvado y otro siendo bueno.

Para este reto me nominó @alexdhawer y optó por escribir él la opción malvada y yo el bueno, escogió el pj: «Guerrero sin brazos que lleva un peto de cuero y grebas metálicas con cuchillas en rodilla y pies»

Imagen de gyxycn en DeviantArt

El dolor en mi pecho era abrasador.

Kain, el traidor convertido en demonio y líder de la legión negra, me tenía de rodillas frente a él con sus garras clavándose en mi costado.

Mis pensamientos se iban nublando conforme el dolor se expandía por todo mi cuerpo.

Cuando llegué a esta sangrienta batalla, los veteranos soldados del corazón del imperio parecían reconocerme. Vitorearon un nombre que yo no recordaba. Sin embargo, ahora, en su hora más oscura, guardaban silencio contemplando como se iba apagando la última luz de una esperanza que siempre fue un espejismo ante el poder de la legión negra.

Kain, con un sonrisa, se jactaba de haber vencido en dos ocasiones al campeón del imperio.

Yo no recordaba nada de quién era antes de que Kain, el más noble de los caballeros del imperio, cayera en las sombras y me arrancara los brazos en aquella batalla dándome por muerto hace cinco años.

Los monjes del Templo de las Tormentas cuidaron de mí y me instruyeron para nuestro aciago destino.

Desesperado, decidí usar una técnica prohibida. Usando toda mi energía, que mantenía cada átomo de mi cuerpo unido, mutilé el brazo de kain y con un salto, de media luna hacia atrás, destrocé su cuerpo con las cuchillas injertadas en mis piernas, haciendo temblar por primera vez a toda la legión negra.

Llevamos demasiado tiempo viviendo en la oscuridad. Hoy, por primera vez, mostraremos a los demonios lo que es el verdadero terror.

El caballero sin estandarte

Os presento el que será una de las historias que aparecerá en un futuro libro de relatos que publicaré. Espero disfrutéis del anticipo.

Gabriel Belmontde la saga Castlevania lords os shadows 2 , Imagen de  Pencracker en DeviantArt

Por aquellos oscuros pasillos podían escucharse toda clase de sonidos, como si fuera un oscuro bosque en mitad de la noche. Pero no era un bosque lo que se hallaba frente a él, sino una megalítica construcción de piedra y hierro, donde podían escucharse murmullos de dolor, cadenas arrastrándose y ecos de pisadas. Solo podía desear que esos sonidos no fueran otra cosa salvo los guardias de la prisión.

Abel Veryard avanzaba junto al guardia de la prisión que le guiaba. Intentaba ver más allá de lo que la antorcha podía iluminar. Llevaban largo rato caminando y había perdido la cuenta de la distancia desde la superficie hasta donde se dirigían. Se encontraban en una zona tan profunda, que el aire empezaba a ser casi irrespirable. No dejaba de preguntarse cómo podía sobrevivir alguien en aquel profundo agujero tanto tiempo.

−¿Cuánto nos queda para llegar? −preguntó Abel tímidamente mientras agarraba su pañuelo fuertemente con la mano derecha.

−El prisionero que buscas está en la celda más profunda de la prisión de las Mentiras. Aún queda bajar un poco más. 

Abel se fijó en su alrededor y notó como las paredes ya no eran de la misma piedra que hace unos momentos. Parecía que esta zona era más antigua, construida en una era más oscura y distorsionada, que ni el tiempo había podido destruir por completo.

−¿Tan peligroso es ese hombre que lo tenéis en lo más profundo de este infierno de piedra?

El guardia se detuvo un momento y se giró para mirar a los ojos al visitante.

−Ninguno de los demás presos quiere tenerlo cerca. Se ponen nerviosos y provocan revueltas innecesarias. Por aquí tenemos historias sobre ese hombre, aunque muchos no lo consideran un hombre. Yo mismo he visto cosas que no podría explicar. Cuanto más cerca estemos del prisionero número 77, más desearás no haber pisado este lugar jamás.

−Ahora entiendo la condición de estar a solas con él. Parece que tenéis algún tipo de… digamos… respeto hacia él.

−Miedo. Dilo con las palabras correctas −le corrigió el guardia mientras se giraba para seguir avanzando.

Ambos bajaron unas escaleras estrechas que conducían hasta una zona totalmente oscura, donde las antorchas eran un privilegio. Apena podía verse luz más allá de ellos. 

El guardia se detuvo para encender una vieja linterna de aceite que pasó después a las manos de Abel.

−Vas a necesitar esto. A partir de aquí debes ir solo. Solo al que le lleva agua y comida le permite entrar.

−¿Permite entrar? −Se extrañó Abel, secando el sudor de su joven rostro. 

−Si necesitas ayuda vuelve aquí y llámame. El prisionero que buscas está en la última celda −indicó el veterano guardia−. Una cosa más, si ves o escuchas algo a tu alrededor, vete de aquí rápidamente. Te puedo asegurar que hasta las ratas evitan entrar ahí.

Nada más pronunciar estas palabras, aquel carcelero se alejó un poco de la zona dejando al tembloroso joven a su suerte.

−Mierda −musitó Abel, que empezaba a arrepentirse de haber ido a aquel lugar. 

Alzó la linterna de aceite y contempló varias puertas de hierro oxidado alrededor. No parecían encerrar a nadie tras ellas. Siguió avanzando y tragó saliva al no escuchar ningún ruido. Por primera vez en toda la inmensa prisión, no escuchaba nada.

El olor allí era fuerte, como si los cadáveres de mil muertos se estuvieran descomponiendo delante de él. Sacó su pañuelo y se tapó la nariz para soportarlo, mientras se acercaba al final del pasillo.

La luz comenzaba a bañar la superficie que tenía frente a él y pudo ver antiguas jaulas, del tamaño de un baúl, con huesos humanos aún dentro. Nadie se había preocupado nunca jamás de darle sepultura a aquellos infelices.

−Creo que he cometido un terrible error viendo hasta aquí −comenzó a decir Abel. Pero sus piernas no podían evitar seguir hacia delante. «¿Por qué he venido hasta aquí?» pensó. Realmente los motivos eran mucho más personales que oficiales. Había conseguido el permiso del rey para tener esta extraña reunión, con la excusa de poner fin a los extensos rumores de muertes y desapariciones acontecidos en los últimos años en «la prisión de las Mentiras», originalmente llamada «Casa de las Mentiras» hace ya varios siglos. 

−Has llegado aquí por tu destino … o quizás no. Puede que, simplemente, alguna voz, que solo tus sueños pueden oír, te haya guiado hasta aquí −Susurró una suave voz de entre las sombras.

Abel casi se cae del sobresalto al escucharlo. Se sorprendió al ver que ya había llegado al final del tramo, donde casi podía tocar la fría piedra que tenía frente a él. Se giró a su izquierda, hacia la pequeña celda desde donde provenía aquella voz. Parecía la voz de un hombre adulto, pero no mostraba signos de fatiga o de erosión por la falta de oxígeno, ni siquiera parecía la voz de alguien que estuviera preso en un lugar tan insalubre como ese.

Se acercó, lo más cerca que su voluntad le permitía, a la puerta de metal que los separaba. Pero por mucho que lo intentaba, sus ojos no podían ver a aquel sujeto que permanecía dentro de aquella oscuridad. Era como si todo fuera un inmenso vacío que devoraba la luz que entrase en él.

−Yo…eh…Quisiera saber… −Abel intentó construir palabras que su mente no lograba unir, y empezó a sentirse como una mosca dentro de una planta carnívora.

−Tranquilo. Te puedo decir que he escuchado a reyes hablar peor que tú. Agradezco que hayas venido aquí a verme. Sé que muchos otros no hubieran tenido el valor de hacerlo. Eso te honra al menos −el misterioso prisionero hizo una breve pausa−. Dime ¿Cómo te llamas?

Después de tragar saliva y respirar hondo pudo contestar.

−Abel. Mi nombre es Abel Veryard −pudo decir finalmente ganando seguridad en sí mismo.

−¿Veryard? Conocí a alguien con ese nombre hace poco.

−Mi tío. Bueno, él decía que te conoció hace 20 años. No creo que eso se pueda considerar poco.

−¿Decía? Ha muerto entonces… Una pena, era alguien que llegó a comprender su propia existencia.

−Esos últimos veinte años se los pasó encerrado en una prisión para aquellos que han perdido la razón. Se volvió completamente loco tras una investigación para la corona.

−¿Crees que estaba loco realmente?

−No sabría decirte. Cada uno tenemos diferentes experiencias, que nos hacen sacar conclusiones distintas ante un mismo hecho. No puedo juzgar como otros ven las cosas, y menos sin haber estado presente.

−Pareces más inteligente de lo que has aparentado al principio, Abel −indicó el misterioso prisionero−. Mi pregunta es ¿Qué es tan importante para ti que eres capaz de llegar hasta el mismo abismo para encontrarlo? 

−Busco respuestas. Hace ya años que existen registros de varias desapariciones y muertes en este lugar.

−No es raro que aquí exista la muerte. Incluso allí en la superficie de dónde vienes, existe la muerte.

−Tú eres el prisionero vivo más antiguo de aquí. Incluso cuando mi tío vino a hablar contigo hace 20 años, ya lo eras. ¿Cómo has podido sobrevivir tanto tiempo y en estas condiciones?

−Aquí se está bien cuando aceptas que la oscuridad puede arroparte frente a la locura de la realidad que nos muestra la luz.

Abel parecía estar cada vez más relajado. Algo había en esa suave voz que lo calmaba, y su mente, por breves instantes, dejó de pensar que estaba en lo más profundo de la oscuridad.

−Estoy aquí porque crecí creyendo que mi tío había perdido la razón. Pero tras investigar un poco, descubrí cosas interesantes sobre este lugar. Parece que se construyó, hace mucho tiempo, sobre las ruinas de otro lugar ya olvidado. Hay gente que cree que enviar a los presos aquí es un castigo peor que la muerte. 

−Yo estoy bien aquí.

−En los registros, apareces como prisionero número 77. Eso significa que, de ser cierto, habrías sido encerrado aquí hace ya cientos de años. Así que, supuse que simplemente te habían puesto ese número por otra razón −Abel cogió aire antes de continuar−. ¿Sabes algo de las desapariciones y asesinatos bajo estos muros?

−Me ofendes. 

−¿En qué te he ofendido? 

−Me ofendes con mentiras. Dime la verdad si quieres saber respuestas.

−Está bien. Tienes razón, te he mentido. De hecho, he mentido a mucha gente para llegar hasta ti. Te diré la verdad. Aunque no te mentí cuando dije que mi tío investigaba este suceso. Pero en mi caso es más por saciar mi curiosidad.

−Ahora sí estoy vislumbrando la verdad en tus labios. Continúa.

−La noche que mi tío murió, dijeron que no paraba de gritar como un poseso «Prisionero número 77». Tras su muerte, recibí su diario −Abel sacó un pequeño cuaderno de cuero desgastado−. Pero parece que no hacía más que escribir lo mismo, una y otra vez −indicó al abrirlo para demostrar que, en todas y cada una de las páginas, estaban escritas las mismas frases.

El prisionero se rió al escucharlo. Parecía que en realidad sabía perfectamente lo que había escrito en esas amarillentas hojas, pero aun así preguntó.

−¿Cuáles eran esas palabras que azotaban la mente de tu tío?

−Una historia muy antigua. Una que les cuentan a los niños antes de dormir. Un cuento llamado «El caballero sin estandarte».

El silencio reinó por unos instantes que a Abel le parecieron eternos. Creyó haber oído un sonido de disgusto, por parte de ese hombre, al escuchar aquello. Pero no podía asegurarlo.

−Tiene gracia que sea algo para niños. Cómo ocultar mejor un secreto que otorgándoselo a los que lo convierte en fantasía. Dime, Abel. ¿Qué es lo que dice esa historia?

−Brilla en las sombras el último caballero sin estandarte. Su cuerpo está roto y su alma quebrada, pero de las grietas de su voluntad brotará la nueva era. Se alzará contemplando frente a él al mal que juró destruir. No volvería a su hogar, ni sentiría el afecto de su pueblo, pero supo que el viento susurraría su nombre más allá de los sueños y que los dragones cantarían su historia a las estrellas. 

−Tu tío no llegó a comprender toda la verdad… Quiso saber cosas que su mente no podía ver. ¿Acaso tú te crees superior a él?

−No me creo superior a nadie. Solo quiero saber lo que ocurre entre estas paredes. Quiero saber lo que le pasó a mi tío antes de perder la cordura.

−Yo puedo mostrarte la verdad si lo deseas… Si no la quieres, márchate y llévate contigo ese cuento para niños que es la realidad misma que os rodea.

−Muéstramela −fueron palabras que resonaron en la mente de Abel antes incluso de que sus labios llegaran a pronunciarlas.

−Mi nombre es Arles −dijo con una voz que ya no parecía ser la misma, ya no se asemejaba humana. Ahora provenía de algo que estaba más allá de la razón. Más gutural. Más grotesca.

Fue entonces cuando Abel se dio cuenta de que había ruido a su alrededor desde hacía ya rato. De repente, vio como unas criaturas reptaban y se retorcían alrededor de la luz que portaba. Ya era tarde, aquellos tentáculos, de un color que el ojo humano no podía percibir, lo agarraron y luego su mente se nubló avanzando en el tiempo, tan rápido que ya no era consciente ni siquiera de su misma existencia. Ahora solo podía observar aquella visión que se mostraba ante él.

Arles sacó con brusquedad la espada ensartada del cuerpo de aquella criatura retorcida, que incluso moribunda podría acabar con él si se descuidaba. La oscura sangre y las vísceras se esparcieron por la fría piedra bajo sus pies. 

Luchaban sobre un manto de sangre y cadáveres de amigos y enemigos.

−¡Ariadna, detrás de ti!

La mujer se giró, y con su espada cortó en dos al demonio que se había lanzado sobre ella. No obstante, no fue suficiente para evitar que una de las garras atravesara su armadura y se clavara en el abdomen. 

Un agudo grito de dolor salió de su garganta, y más cuando el peso de la carne muerta de la criatura hacía que se le abriera aún más la herida. El peso le impedía sacar la garra de su cuerpo.

−Arles, no puedo más −indicó la caballero casi sin fuerzas, y sin ocultar todo el sufrimiento que sentía su cuerpo.

El caballero se acercó con la velocidad de un rayo y cortó la extremidad que unía las garras al destrozado cuerpo del demonio.

−Apóyate en mí. Tenemos que salir de aquí −indicó sujetándola de la cintura con cuidado. Avanzaban lo más rápido que podían, por las que una vez fueron coloridas calles de la capital de un imperio. Ahora solo quedaban cenizas, sangre y muerte.

−Mi espada… −indicó Ariadna−. Es el último recuerdo de nuestro maestro.

−¡Olvídate de ella! ¡Él hace ya mucho que murió y no voy a permitir que tú también mueras! ¡Debemos encontrar un lugar seguro! −gritó desesperado, mientras cargaba con ella a través de las montañas de cadáveres que se alzaban en su camino. 

Conforme avanzaba, el caballero se abría paso con su espada sin saber a dónde podrían ir. 

En su cabeza sabía la cruda realidad. No había ningún sitio. Todo estaba perdido. Lo único que lo mantenía en pie, luchando, estaba desangrándose sobre él, y sentía como su alma se desgarraba por ello.

Hacía ya varios días que no comían. El cansancio y la sed ya eran parte de ellos. Preferían morir luchando que rendirse sin más. Pero por un segundo la duda de abandonar y dejar de luchar fue más grande que la ya marchita esperanza de poder vencer.  

El caballero se desplomó sobre las cenizas de la tierra. Su cuerpo ya ni siquiera le pedía descansar. Lo había abandonado en medio de una inmensa oscuridad y desesperación. Simplemente sus extremidades ya no le obedecían. Era como si supieran, antes que él mismo, que el fin había llegado. Solamente podía escuchar el susurro de las llamas devorándolo todo. Incluso le había aliviado, en cierto sentido, haber dejado de escuchar los gritos desgarradores e interminables de los ciudadanos que se refugiaban en la fortificada ciudad. Parecía que ya no quedaba nadie a quien proteger, nadie por quien luchar. 

−«Déjanos entrar»−le susurró una voz, como si fuera el eco del viento. Una voz que parecía venir de mil gargantas y que jamás había escuchado. Pensó simplemente que eran producto de la fatiga y de su inminente locura.

Ariadna, la caballero herida junto a él, se encontraba también tirada en el suelo. Con gran esfuerzo intentó levantarse, pero no pudo.

−¡Vete! ¡Huye! ¡Si te quedas aquí, también morirás! −gritó Ariadna con una mueca de dolor, tan grande, que reflejaba el daño producido en sus órganos perforados. 

Arles volvió a la realidad abruptamente después de escuchar tales palabras provenientes de su compañera de hermandad. A la que amaba más allá de los límites de la razón humana.

−¡Jamás! −gritó alzándose de nuevo y contemplando como el cielo rugía junto a su voz, como si alguna deidad se hubiera apiadado de ellos y al menos tuvieran un coro de música de tormentas en sus últimas horas.

Sacando fuerzas de donde ya ni siquiera sabía que tenía, levantó a su amada y la llevó a unos de los antiguos templos de la diosa, que se encontraban en la capital.

La puerta estaba abierta y los que se habían refugiado dentro estaban siendo devorados por varios demonios, que parecían bestias sobre sus cuatro patas con bocas llenas de afilados dientes como puñales. 

Arles dejó con cuidado a Ariadna en el suelo y se lanzó a matar a aquellas viles criaturas del infierno. Una a una fueron cayendo con cada golpe de su espada, que provocaba una lluvia de sangre y vísceras a su alrededor. Le dolían todos los músculos del cuerpo. Era como si hubiera roto la barrera de las limitaciones físicas que su cuerpo podía soportar, y hacía que todas las arterias de su cuerpo palpitaran sobrecargadas.

Selló la puerta tras ellos como pudo, usando los bancos de madera e incluso los cadáveres, tanto de humanos como demonios, y luego se arrodilló junto a su amada.

−Hemos fracasado −dijo Arles mientras acercaba su rostro, completamente manchado de sangre, al de Ariadna.

La caballero aún vivía, pero a duras penas podía hablar, y notaba como poco a poco la garganta se le llenaba de sangre que salía por la boca.

−Fracasamos en el momento que decidimos ignorar la profecía. 

−¡Se trataba de la hija de nuestro emperador! ¡Cómo íbamos a poder matarla si nada más el hecho de insinuarlo, ya era una traición! 

−El emperador se dejó llevar por sus sentimientos −dijo con un débil susurro Ariadna mientras tosía sangre.

−No puedo soportar verte así −dijo deslizando el pulgar por la mejilla de ella−. No es justo. Toda la vida luchando por otros, por su gloria y sus deseos, respetando siempre los códigos de los caballeros de la Dama. Todo eso para acabar así −Por primera vez desde que era niño, las lágrimas brotaron de sus ojos y comenzaron a caer sobre la ahora profanada superficie que pisaban, antaño lugar sagrado para el imperio−. Yo no puedo seguir si tú no estás conmigo −dijo Arles pegando su rostro al de ella−. Si tú mueres… yo moriré contigo.

−¿Recuerdas la promesa? −preguntó Aridana con dificultad.

−¿La promesa? −se extrañó él.

−Cuando dejemos de existir en esta tierra…−Ariadna intentó continuar, pero su voz se entrecortaba y no podía vocalizar.

−Lo recuerdo, amor mío. Recuerdo la promesa que nos hicimos bajo la luz de la luna más brillante. Si uno de nosotros muriera primero, esperaría bajo el árbol más alto del jardín de la Dama, hasta que al otro le llegue su hora. Donde nuestras almas vivirán para siempre en armonía. 

−Ha llegado el momento…No te preocupes…Nuestro amor es eterno…−luego Ariadna le miró fijamente, y sonrió mientras se ahogaba en su propia sangre y su corazón dejaba de latir en este mundo.

Las puertas del templo comenzaron a temblar. Como si un ariete estuviera derribándolas. Arles sabía perfectamente de quién se trataba. Su final ya estaba cerca. Qué mejor manera de morir que frente a la gran traidora.

Grandes trozos de madera se desprendían por momentos, y el hierro comenzó a doblarse como si no fuera más que una hoja. Las puertas quedaron hechas añicos. A través del polvo generado, surgió una figura, de un tamaño colosal, que mostraba una fuerza sobrenatural. Podía equivaler a más de cincuenta hombres juntos. Su aspecto era una burla hacia la raza humana. Con unas patas de carnero y un torso femenino desnudo, rodeado de varios brazos, algunos con garras, y otros terminados en pinzas de escorpión.

El rostro, ahora deformado de lo que una vez fue la heredera de un imperio, se mostraba ahora con una sonrisa llena de afilados dientes. Su cabello rojo, como el fuego del infierno, parecía levitar con energía propia, como si la gravedad no existiera. Tres grandes púas de huesos sobresalían de su espalda, tan grandes que se elevaban más allá de la altura de su cabeza. En cada punta había clavada una cabeza ensangrentada. En la del centro, a modo de aureola y corona, estaba la cabeza de su padre.

−Tu sangre puede olerse desde la distancia… O más bien huelo a su dulce sangre −dijo la criatura infernal mirando hacia el cadáver de Ariadna, mientras una larga lengua bífida salía de su repugnante boca y no dejaba de moverla hipnóticamente, deseando devorar tal magnífico manjar.

−¡No la toques! −gritó Arles mientras se concentraba para lanzar uno de sus últimos hechizos de luz que le quedaban. Sus tatuajes se iluminaron en el acto, y solo pudo verse el que le sobresalía del cuello, pero era evidente que ya no le quedaba mucha energía en ellos. 

El rayo de luz impactó de lleno en la cabeza de la traidora. Ni siquiera se inmutó y lo único que hizo fue reír.

−Sí. Lucha. Pelea hasta tu último aliento para así poder disfrutar de las últimas cenizas del imperio de mi padre. Complace a la Madre de Demonios.

−¿Así te haces llamar? 

Arles no se había dado cuenta de que más siervos de la traidora se habían colado a través de las ventanas rotas y se aproximaban peligrosamente a él.

Aquellos demonios se acercaron al cadáver de su amada con intención de devorarla.

−¡No! −gritó el caballero mientras daba espadazos alrededor de Ariadna para evitar que se le acercasen−. ¡No tocaréis ni un pelo de su cabeza! 

−¿Por qué sigues luchando? ¿Por qué, sabiendo que ya no tienes nada por lo que luchar, continúas en pie? El imperio ha caído, tu orden ya no existe. Y la raza humana pronto será azotada por mis hijos. Ahora solo eres el último caballero de una orden que solo es cenizas bajo mis pies.

La Madre de Demonios lanzó una esfera de fuego solo con un pensamiento. Esta impactó en el pecho de Arles y le lanzó hasta chocar contra el altar de piedra que había tras él. 

−«Déjanos entrar» −volvió a escuchar. 

−¿Qué? −balbuceó luchando por no perder el conocimiento; aunque lo hubiera deseado al ver como aquellos demonios, de cuatro patas, comenzaban a devorar el cuerpo de su amada, la que había sido una de los más grandes caballeros de su orden. Se habría arrancado los ojos después de ver aquello, pero los necesitaba una última vez.

Cogió las correas de su maltrecha armadura y las aflojó para dejar caer todas aquellas placas, fracturadas y melladas, que le suponían ahora más peso del que su cuerpo podía aguantar. En su torso desnudo se podían ver los símbolos y glifos de la magia de la luz, que adornaban todo su cuerpo. Estos comenzaron a brillar y se concentró en el último de los hechizos que lanzaría en este mundo. «El hechizo de sacrificio».

La tensión en su cuerpo era atroz, pues sabía que aquel conjuro le crearía hemorragias internas irreversibles y luego, la muerte, pero no le quedaban más cartas sobre la mesa e igualmente iba a morir. Que mejor manera de hacerlo que llevándose consigo a la gran traidora. Luego su alma se encontraría con la de Ariadna en el más allá, donde su diosa los esperaba y ambos estarían juntos para siempre. Le parecía el mejor final posible.

Todo a su alrededor comenzó a levitar gracias a la energía que estaba desprendiendo y luego de concentrar todo su poder en un único punto, dijo las palabras del conjuro.

−¡Exitium et mundos! −gritó con tanta fuerza que casi se le desencaja la mandíbula.

Una gran esfera de energía salió de su cuerpo y arrasó todo el templo, destruyendo todo lo que encontraba a su paso y llenando todo con una luz tan blanca que, por un instante, pareció que en esa zona nada existía.

Luego solo quedó el silencio. 

Arles estaba de rodillas sobre el suelo y poco a poco veía como su sangre le rodeaba cada vez más. Ya era la hora. Pero había vencido.

El silencio fue roto por una macabra risa que parecía no querer apagarse nunca.

El caballero supo que había fracasado.

La Madre de demonios lo agarró de la cabeza con una mano y lo alzó para que contemplara su rostro antes de perecer frente a ella.

−¿Crees que tu maestro no intentó lo mismo antes de morir? ¿Es que ninguno de vosotros llega a comprender el alcance de mi poder? No eres más que un caballero sin estandarte, que lucha por una causa perdida.

La visión de Arles se nublaba. Todo había terminado, por fin podía ver el hermoso paraíso de su diosa y a Ariadna esperándolo junto al más hermoso de sus altos árboles.

−«¡Déjanos entrar!»−gritaron en su mente todas esas voces a la vez, cerrándole por un instante las puertas a su paraíso, haciéndole ver lo que todo el rato le estaban intentando decir. No sabía si era porque ya había perdido completamente la cordura, pero podía ver como tentáculos de oscuridad se acercaban y de ellos salían criaturas retorcidas, pero extrañamente familiares, de los más oscuros recovecos de la tierra.

La madre de demonios acarició el rostro ensangrentado de su víctima y contempló eufórica como este aún tenía fuerzas para hablar.

−Solo le pido un último deseo a mi diosa. Que Ariadna olvide mi nombre, mi existencia y que su alma jamás recuerde nuestro amor −dijo con un susurro casi imperceptible desde sus agrietados labios. Con un último aliento habló a aquellas voces−. Os dejo entrar.

Inmediatamente supo que eso significaba que era su alma la que se sacrificaba, no su cuerpo. 

De las cenizas de su alma se agrietó la realidad misma, como un espejo que se rompía, e infinitas almas oscuras, salidas de lo más profundo del negro Abismo, invadían su ya destrozado cuerpo, haciendo de él su nuevo hogar. Ahora tenían una entidad física a la que servir, un nuevo rey al que obedecer, y un reino sobre el que gobernar. 

Arles se abalanzó sobre la madre de demonios y, con la fuerza de mil hombres, la despedazó mientras de su espalda brotaban negras alas formadas por infinitos hilos negros que absorbían toda luz. 

La sombra le envolvió y en su rostro se formó una grotesca boca colosal que devoró por completo a la criatura que una vez fue una mortal a quien debía proteger. 

Cuando ya no quedó nada, las sombras volvieron al refugio del interior de su cuerpo y el caballero sin estandarte se alzó, habiendo destruido al mal que juró destruir.

No volvería a su hogar, ni sentiría el afecto de su pueblo, pero supo que el viento susurraría su nombre más allá de los sueños y que los dragones advertirían a las estrellas de su oscura presencia.

El caballero sin estandarte se marchó dejando atrás todo lo que había sido destruido para observar desde las sombras de nuevo el mundo. Siempre desde la oscuridad.

Las visiones cesaron y Abel despertó de su sopor. Miró rápidamente a su alrededor con la respiración entrecortada esperando ver algún engendro oscuro agarrándole. Pero no vio nada.

−Ahora ya lo sabes −dijo el prisionero número 77.

Abel no contestó, simplemente se dio media vuelta y se marchó por donde había venido dejando tras él la linterna que, hacía rato, se había apagado. Dejando todo en la oscuridad. Extrañamente, no notó que estaba en completa oscuridad y pudo sin problemas volver por donde había venido. Como si ese camino lo hubiera hecho cientos de veces.

Durante su camino a casa no dijo ni una palabra. Ni siquiera a todo aquel que lo reconocía por la calle. El único sonido que podía escuchar eran los latidos de su corazón mientras se sentaba junto al fuego y sacaba de manera temblorosa su diario. Cogió la pluma y se detuvo unos instantes a observar las sombras ondulantes que producían las llamas. Ahora sabía que lo observaban. Siempre habían estado allí. 

Comenzó a escribir lo que había pasado, no quería perder ni un solo detalle de lo que había ocurrido. Tenía que plasmarlo en el papel. 

Con pulso tembloroso comenzó a escribir «Día siete, del séptimo mes…». 

Su mano no podía parar de escribir como si estuviera poseída por una fuerza invisible.  La tinta siguió plasmándose en el papel como un espectro deslizándose sobre la niebla. 

En la hoja del diario podía leerse «Brilla en las sombras el último caballero sin estandarte…»

Autor: Borja Barrero Ramos

Helena y el cerezo

Relato hecho en honor a la lucha contra el cáncer infantil.

Photo by Kristina Paukshtite on Pexels.com

Helena, con un poderoso ataque, acabó con el último de aquellos engendros. Pronto estos se volverían a alzar para luchar contra ella. No estaba segura de cuándo, pero lo harían.

Sabía que era una batalla eterna, lo único que le quedaba era rendirse, pero no podía permitir que aquellos seres destruyeran lo único hermoso que quedaba en esa gélida tierra. Un gran cerezo que resistía allí en medio de todo el frío como ella en medio de aquella niebla que la envolvía.

Todos los días podía descansar un breve periodo de tiempo tras aquellos encuentros, y aunque siempre estaba sola, jamás se había sentido abandonada. Podía escuchar las voces que la acompañaban y la ayudaban a seguir en pie.

A veces podía oler en el viento el aroma a tierra húmeda, e imaginaba que cabalgaba con su fiel corcel por las tierras que dejó atrás hace mucho tiempo.

Sus brazos y piernas le temblaban, y no pudo evitar caer de rodillas al suelo, clavando la hoja de su espada en la fría nieve. 

Había luchado mil batallas y sobrevivido a todas ellas, pero la guerra era algo que estaba lejos de terminar.

De repente una extraña melodía envolvió todo el lugar. Era como si las estrellas hubieran bajado a describirle toda la magia que podían ver desde las alturas. La música provenía de la flauta de una figura que se acercaba cada vez más a ella.

Alzó la mirada y vio a alguien con extrañas ropas negras. Llevaba un sombrero negro que dificultaba que se viese bien su rostro. Al acercarse, la melodía cesó.

−He cruzado océanos de historias para encontrarte −dijo aquel extranjero.

−¿Quién eres?

−Muchos no conocen mi nombre, algunos lo olvidan cuando lo oyen, y otros me llaman de formas distintas. Pero tú, tú puedes llamarme el señor de los caminos −indicó haciendo una cordial reverencia−. Tú eres Helena, la gran guerrera. La buscadora de tesoros, constructora de castillos y reina de los férricos. ¿Por qué estás tan lejos de tu hogar?

−Hace ya mucho que dejé de ser todo eso. Ahora solo quiero proteger este árbol del mal que le acecha.

−¿No te has dado cuenta de que esa oscuridad solo te quiere a ti? Este árbol siempre estará a salvo de ellas. Porque es fuerte igual que lo eres tú.

Helena se quedó pensativa unos momentos. Sentía como sus músculos le decían que se dejara vencer, que ya no podían pelear más, pero aun así se obligaba a seguir en pie.

−Solo tengo una pregunta más para ti. ¿Quieres volver a tu hogar, donde tú siempre serás la princesa de sus tierras?

Helena recordó entonces todo aquello que había dejado atrás desde que esa oscuridad apareció. Con firmeza asintió con la cabeza.

−Sí −dijo tajante.

−Entonces álzate de nuevo −dijo mientras le tendía la mano−. Lucharemos contra este mal y contra todos los peligros del reino. Surcaremos los cielos a lomos de dragones y beberemos hidromiel en los salones de los grandes guerreros del norte.

Helena sonrió. Agarró con fuerza su espada y se levantó para encontrar nuevas sendas por las que vivir grandes y formidables aventuras.

Atrás dejó el vació y la oscuridad que siempre la seguían. A partir de ahora ya no las temería, seguiría su camino, aunque esa niebla nunca dejará de acecharla.

La niebla se disipó, y el padre de Helena cerró con cuidado el libro favorito de su hija mientras volvía a escuchar todos los sonidos de la blanca habitación. Ahora solo podía escuchar los pitidos de la máquina para respirar que estaban conectadas a la pequeña. El hombre atisbó una leve sonrisa de su hija mientras dormía y besó su frente antes de limpiar las lágrimas que caían por sus mejillas. Observó aquel libro y mirándolo, solamente dijo una cosa:

−Gracias.

Autor: Borja Barrero Ramos

Escrito el 10/02/2021

Relato en honor a la lucha contra el cáncer infantil.
Licencia Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0