Helena y el cerezo

Relato hecho en honor a la lucha contra el cáncer infantil.

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Helena, con un poderoso ataque, acabó con el último de aquellos engendros. Pronto estos se volverían a alzar para luchar contra ella. No estaba segura de cuándo, pero lo harían.

Sabía que era una batalla eterna, lo único que le quedaba era rendirse, pero no podía permitir que aquellos seres destruyeran lo único hermoso que quedaba en esa gélida tierra. Un gran cerezo que resistía allí en medio de todo el frío como ella en medio de aquella niebla que la envolvía.

Todos los días podía descansar un breve periodo de tiempo tras aquellos encuentros, y aunque siempre estaba sola, jamás se había sentido abandonada. Podía escuchar las voces que la acompañaban y la ayudaban a seguir en pie.

A veces podía oler en el viento el aroma a tierra húmeda, e imaginaba que cabalgaba con su fiel corcel por las tierras que dejó atrás hace mucho tiempo.

Sus brazos y piernas le temblaban, y no pudo evitar caer de rodillas al suelo, clavando la hoja de su espada en la fría nieve. 

Había luchado mil batallas y sobrevivido a todas ellas, pero la guerra era algo que estaba lejos de terminar.

De repente una extraña melodía envolvió todo el lugar. Era como si las estrellas hubieran bajado a describirle toda la magia que podían ver desde las alturas. La música provenía de la flauta de una figura que se acercaba cada vez más a ella.

Alzó la mirada y vio a alguien con extrañas ropas negras. Llevaba un sombrero negro que dificultaba que se viese bien su rostro. Al acercarse, la melodía cesó.

−He cruzado océanos de historias para encontrarte −dijo aquel extranjero.

−¿Quién eres?

−Muchos no conocen mi nombre, algunos lo olvidan cuando lo oyen, y otros me llaman de formas distintas. Pero tú, tú puedes llamarme el señor de los caminos −indicó haciendo una cordial reverencia−. Tú eres Helena, la gran guerrera. La buscadora de tesoros, constructora de castillos y reina de los férricos. ¿Por qué estás tan lejos de tu hogar?

−Hace ya mucho que dejé de ser todo eso. Ahora solo quiero proteger este árbol del mal que le acecha.

−¿No te has dado cuenta de que esa oscuridad solo te quiere a ti? Este árbol siempre estará a salvo de ellas. Porque es fuerte igual que lo eres tú.

Helena se quedó pensativa unos momentos. Sentía como sus músculos le decían que se dejara vencer, que ya no podían pelear más, pero aun así se obligaba a seguir en pie.

−Solo tengo una pregunta más para ti. ¿Quieres volver a tu hogar, donde tú siempre serás la princesa de sus tierras?

Helena recordó entonces todo aquello que había dejado atrás desde que esa oscuridad apareció. Con firmeza asintió con la cabeza.

−Sí −dijo tajante.

−Entonces álzate de nuevo −dijo mientras le tendía la mano−. Lucharemos contra este mal y contra todos los peligros del reino. Surcaremos los cielos a lomos de dragones y beberemos hidromiel en los salones de los grandes guerreros del norte.

Helena sonrió. Agarró con fuerza su espada y se levantó para encontrar nuevas sendas por las que vivir grandes y formidables aventuras.

Atrás dejó el vació y la oscuridad que siempre la seguían. A partir de ahora ya no las temería, seguiría su camino, aunque esa niebla nunca dejará de acecharla.

La niebla se disipó, y el padre de Helena cerró con cuidado el libro favorito de su hija mientras volvía a escuchar todos los sonidos de la blanca habitación. Ahora solo podía escuchar los pitidos de la máquina para respirar que estaban conectadas a la pequeña. El hombre atisbó una leve sonrisa de su hija mientras dormía y besó su frente antes de limpiar las lágrimas que caían por sus mejillas. Observó aquel libro y mirándolo, solamente dijo una cosa:

−Gracias.

Autor: Borja Barrero Ramos

Escrito el 10/02/2021

Relato en honor a la lucha contra el cáncer infantil.
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