Primer encuentro con el señor de los caminos

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Me había desviado del camino a casa; ya era tarde y las nubes amenazaban con lluvia. Meterme de nuevo en mis pensamientos, sobre aventuras y magia, había vuelto a hacer que me perdiera.


No sé qué sucedió primero, si fue el ver aquel callejón estrecho y oscuro, o escuchar la extraña melodía que envolvía todo como una bruma invisible.


Seguí aquella música melancólica y triste, pero a la vez mágica. Provenía del final de la calle. Luchando contra mi razón entré en aquel portal oscuro, donde me di cuenta que, en un rincón cuidadosamente colocado, había un libro; lo recogí y la música cesó dando paso a la lluvia.


No reconocía aquella obra, pero dentro estaba escrito mi nombre, y junto a él, una dedicatoria firmada por alguien que se hacía llamar «El señor de los caminos». Protegí el libro bajo mi abrigo y volví a casa para descubrir todos los secretos que guardaba.

La muerte de Aeris

Relato en base a la escena de la muerte de Aeris del Final Fantasy VII

Imagen de Bastetsama-Cosplay en DeviantArt

Comencé a caminar hacia ella.

El aire que envolvía el lugar era cálido y su aroma me recordó el momento en que la conocí por primera vez. En aquel callejón oscuro de los suburbios, donde ella brillaba en toda esa oscuridad como una luz que nunca podría apagarse.

Está frente a mí. No ha notado mi presencia. ¿Por qué está allí tan inmóvil?

Algo dentro de mí ha despertado. Me está llamando y no puedo acallar esa voz que me susurra palabras que no logro comprender. Me nubla mis sentidos y no puedo pensar con claridad.

—«¿Aeris?»

La llamo, pero mis labios no me obedecen. Quiero abrazarla y sacarla desesperadamente de aquí, porque, en lo más profundo de mi, sé que algo se acerca, y todo mi cuerpo tiembla por no poder hacerlo.

«¿Cuándo he desenvainado mi espada?… Yo… no puedo…»

—¡Cloud! —gritó Barret.

Podía escuchar sus gritos, pero me parecían demasiado lejanos. Como si todo fuera un sueño.

—¡Detente! —exclamó tifa con un grito desesperado al ver que estaba a punto de bajar mi arma contra una de las personas que más amaba en este mundo.

Su voz hizo un efecto en mí que silenció temporalmente aquel susurro hipnótico que atormentaba mi mente.

«¿Qué estoy haciendo?… ¿He estado a punto de…?»

Di unos pasos hacia atrás mientras, mi visión se hacía más clara, recuperando mi cordura.

—¿Qué es lo que me estás obligando a hacer? —pregunté como si esperase que aquello que se ocultaba dentro de mí me contestara.

Entonces volví a ver aquella luz. Esa luz que me acompañaba y que jamás podría apagarse. Aeris me sonreía. Ella lo sabía. Podía ver mi lucha interna. Junto a ella no me siento perdido.

De repente, como si de un oscuro ángel que se abalanzaba desde los cielos se tratase, apareció él.

Fue en un instante. No pude hacer nada. La espada de Sefirot atravesó a Aeris y de repente todo pareció detenerse. Hasta las estrellas del cielo oscurecieron su luz al sentir el dolor que salía de todo mi ser.

Podía escuchar el latir de mi corazón. Con cada latido la llama frente a mí se iba apagando y las sombras volvían a reinar.

Ahora solo veo oscuridad ante mí.

Su cuerpo se desplomó sobre mí. El mundo entero aguantó la respiración y se quedó en completo silencio.

—…Aeris… —fue lo único que conseguí que saliera de mi garganta mientras sujetaba su cuerpo sin vida.

Algo dentro de mi había muerto.

—¡No puede ser verdad!… —grité con todas mis fuerzas cuando por fin comprendí la verdad de lo que tenía frente a mí. Mi voz resonó por todos los rincones, esperando que el sonido tapara todo el dolor que fluía como una herida abierta en mí.

—No te preocupes. La chica pasará a formar pronto parte de la energía del planeta —dijo la voz de aquel que una vez fue alguien que se había ganado mi respeto. En un tiempo atrás, hubiera confiado al extremo en él y ahora… solo podía sentir puro odio y rabia hacia él.

—Ya solo queda ir hacia el norte. La Tierra prometida me espera al otro lado de los campos nevados —siguió diciendo Sefirot—. Allí me convertiré en un nuevo ser uniéndome con el planeta. Igual que esta muchacha…

—¡Cállate! —grité alzándome para tenerlo frente a mí y poder mirarle a los ojos—. ¡El ciclo de la vida y tu ridículo plan no significan nada! —mi voz era el reflejo de las llamas que ahora ardían mi pecho—. Aeris se ha ido…

Volví a mirarla. Parecía que solo dormía. Quería que despertara. Quería volver a verla sonreír…

—Aeris…Se acabará el hablar, se acabará el reír, el llorar —mi voz y mis manos temblaban y no podía hacer nada—. ¿Qué pasará con nosotros? ¿Qué se supone que debemos hacer ahora? ¿Puedo soportar este sufrimiento?

No puede estar pasando.

—Mis dedos están adormecidos. Mi boca está reseca. Mis ojos arden… —sentí que mi voz había perdido toda la fuerza. Ahora solo quedaba el vacío.

—¿Qué estás diciendo? ¿Intentas decirme que tú también tienes sentimientos?

Esa pregunta volvió a despertar mi ira.

—¡Por supuesto! —grité girándome hacia él de nuevo—. ¿¡Que te piensas que soy?!

—Ja…Ja… —se rio Sefirot—. Deja de comportarte como si estuvieras triste. Tampoco necesitas actuar como si estuvieras furioso. Porque Cloud tu eres…

En mi cabeza volví a escuchar aquel susurro. Esta vez sí entendí sus palabras. Esta vez me pareció reconocerla… ¿Jenova?

—«Porque eres… una marioneta» —dijo aquella voz.

Irina

Relato creado para la continuación de una historia como reto de Instagram propuesto por @manodemitril

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Bastó solo un segundo para que por mis venas fluyese pura adrenalina. Parecía que el tiempo se había detenido a mi alrededor.

No sabía si dar las gracias a mi cerebro por hacerme reaccionar rápido, o darme de cabezazos por no haberlo visto venir.

La próxima vez si veo que un huevo tiene un color sospechoso no me lo pondré frente a mi cara.

La explosión que generó fue mayor de lo que imaginaba. La mitad de mi apartamento salió ardiendo y la onda expansiva me lanzó contra la estantería, rompiéndome varias costillas.
Un zumbido resonaba en mi cabeza haciendo temblar todo a mi alrededor.

Me obligué a abrir los ojos, pudiendo reconocer a aquella figura frente al umbral de mi puerta. ¿cómo no iba a reconocerla? Corrí como pude para refugiarme de la lluvia de balas que se avecinaba.

−¡Irina! −grité a duras penas−. ¡¿Es que no puedes mandar un correo con fotos intimidantes como hacen todos?! −«sí, soy consciente de la ironía de mis palabras…».

Una ráfaga de disparos es lo que obtuve por respuesta… Seguramente le haya molestado algo que hice la otra noche. Mentiría si dijera que no me lo merezco. Supongo que si salgo de esta podría enviarle flores o algo para que se calmara.

¿Ha parado?… Ese no es su estilo. Seguro que está recargando.

Con gran esfuerzo me lancé por la ventana hacia la calle. Unos huesos rotos eran mejor que quedarme a razonar con la mejor asesina de la Yakuza.